Por Nely Esquide
Hay sitios que se van quedando atrás. Nadie los reclama, pero ahí siguen, cargando lo que la ciudad deja.
Así estaba ese canal.
Años acumulando basura, agua estancada, descuido. Un lugar incómodo, de esos que uno prefiere no mirar demasiado.
Un día empezó a moverse.
Casimiro Xelhua llegó y se puso a trabajar. Sin rodeos. Sin explicaciones largas.
Lo primero fueron cajas. De las usadas. De las que ya nadie quiere. Las juntó, las limpió, las acomodó. Las regresó al uso.
Después se sumó más gente.
No por invitación, sino porque vieron que ahí sí se trabajaba. El espacio empezó a ordenarse. A tener ritmo. A dejar de ser lo que era.
Luego llegaron los del campo.
Productores que ya conocen lo difícil: vender barato, depender de otros, perder en el camino. Aquí fue distinto. Llegaban, ofrecían, vendían Directo.
Y así se fue quedando.
Con trabajo diario. Sin pausas largas. Sin promesas.
Hubo trámites, vueltas, papeles. Nada fuera de lo común. Se resolvió como se pudo: insistiendo.
Hoy el canal no es el mismo.
Hay movimiento. Hay intercambio. Hay gente que depende de lo que ahí pasa.
No es perfecto.
Pero sirve.
Y eso, en lugares así, ya cambia todo.
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