Somos la tierra que retumba a cada paso, aquella que siembra sin necesidad de manos, la que, a pesar del tiempo, sigue viva.
Desde las tierras del tejocote hasta las flores que se ponen en el camino, nos expandimos; somos raíces, somos creadores, somos el viento que comunica a los pueblos, silbamos con fuerza desde la época de los tatarabuelos.
Somos la luz que arrebata las mentiras en la tierra, la sombra que protege los caminos de la sequía del ruido innecesario, la planta incómoda que protege las cosechas.
Nos miras en binario gracias a los mayas, nos miras en tu pantalla al descifrar el código; sí, la verdad no se oculta, la nobleza del águila la mira, la saca a la luz en un despliegue, la deja regada en tierra como vísceras de una presa consumida.
Los jaguares la cazan; sí, a veces la verdad también tiene que buscarse entre las piedras, entre los aliados, entre las supuestas fieras. Se ataca, se tumba y se desvanece la mentira; esa muerte es el ciclo de la vida. Aunque lleguen mil nativos, el pueblo mira cautivo, alaba sus tierras y escucha el eco que hay en los volcanes para decir en los mundos digitales: escucha, pueblo, eres el guerrero, ese que no se olvida.
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