Por Nelly Esquide
Hay lugares que uno aprende a rodear. No porque no existan, sino porque nadie quiere mirarlos de frente. Ahí, donde el agua huele mal, donde la basura se vuelve paisaje y donde la costumbre termina por ganarle a la dignidad.
Así estaba ese canal.
Y así llegó Don Casimiro.
No con discursos, ni con promesas. Llegó porque había que trabajar. Porque había que comer. Porque cuando no hay opciones, uno no elige el terreno… se adapta a él.
Lo que encontró no era un proyecto. Era abandono. Era de esos espacios que nadie reclama porque no sirven para tomarse la foto ni para colgarse una medalla.
Pero él se quedó.
Y eso ya lo dice todo.
No cambió nada de un día para otro. No hubo aplausos ni apoyos inmediatos. Hubo días pesados, de esos que se sienten en el cuerpo. Hubo cansancio, incertidumbre y más de una razón para dejarlo todo.
Pero no lo hizo.
Y poco a poco, otros empezaron a llegar. No por seguir a un líder, sino por sobrevivir igual que él. Gente que necesitaba sacar adelante a su familia y que encontró en ese lugar, por duro que fuera, una oportunidad.
Ahí empezó a formarse algo.
Sin que nadie lo anunciara.
Sin que nadie lo entendiera del todo.
Casimiro sí.
Porque hay personas que no necesitan títulos para saber hacia dónde caminar. Que no aprendieron a dirigir en oficinas, sino en la vida. Y él es uno de esos.
Cuando el lugar empezó a tomar forma, pudo haberse quedado ahí. Como muchos. Con lo básico. Con lo suficiente.
Pero no.
Quiso más.
No más dinero. Más dignidad.
Imaginar limpio lo que siempre había estado sucio no es fácil. Ordenar lo que nació en el desorden tampoco. Pero lo intentó. Y eso, en este país, ya es ir contra corriente.
Entonces hizo lo que pocos hacen: salió a buscar ayuda.
Tocó puertas. Algunas se abrieron tarde, como suele pasar. Otras, simplemente no. Pero también hubo quienes entendieron que ahí no había un negocio, sino una necesidad real.
Y eso hizo diferencia.
Porque sí, el gobierno tuvo que ver. Sería injusto negarlo. Hubo manos que intervinieron, decisiones que empujaron y momentos donde la autoridad respondió.
Pero también hay que decirlo claro: si la gente no hubiera estado ahí, si los propios agremiados no hubieran creído, nada de eso habría servido.
Aquí no hubo salvadores.
Hubo trabajo compartido.
Lo que vino después no fue perfecto. Nada que valga la pena lo es. Pero avanzó. A veces lento, a veces con tropiezos, pero avanzó.
Y cambió.
Hoy ya no es el mismo canal que muchos evitaban. Hoy hay orden. Hay movimiento. Hay sustento. Hay otra cara.
No es solo un espacio recuperado.
Es una historia que se construyó a pulso.
Don Casimiro ha visto pasar gobiernos, nombres, colores, promesas nuevas y viejas. Y él sigue ahí. No porque se aferre, sino porque pertenece.
Porque hay cosas que no se dejan.
Y en todo esto hay algo que pesa más que cualquier obra:
la gente.
Su familia, que estuvo cuando no había nada claro.
Los agremiados, que se quedaron cuando lo fácil era irse.
Y él, que no soltó, aunque hubiera motivos.
Esta es la tercera vez que se escribe sobre Don Casimiro. Y probablemente no sea la última.
No porque haga falta engrandecerlo, sino porque historias así no sobran.
En un país donde muchas veces se aplaude lo vacío, todavía existen personas que construyen sin ruido. Que avanzan sin reflectores. Que incomodan sin proponérselo.
Porque no encajan.
Y justamente por eso, importan.
Todo lo aquí escrito es la mirada de esta columnista:
Nelly Esquide.











